Dejar para mañana lo que te agobia hoy alivia el malestar a corto plazo y lo agrava a largo. La investigación explica por qué ocurre y qué estrategias concretas ayudan a romper el ciclo.
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September 26, 20263 min de lectura
Creer que la inteligencia se puede desarrollar se convirtió en un fenómeno educativo mundial. Los grandes metaanálisis y un estudio nacional con miles de alumnos dibujan un efecto real, pero mucho más pequeño y específico de lo que se prometía.
Leer artículoTienes que empezar el trabajo de fin de asignatura. Abres el documento, miras la página en blanco… y, sin saber muy bien cómo, acabas ordenando el escritorio o mirando el móvil. Casi todos los estudiantes se reconocen en esta escena. La buena noticia es que la psicología sabe bastante sobre por qué ocurre y qué hacer al respecto.
Procrastinar no es simplemente dejar algo para después. Es retrasar voluntariamente una tarea que pensamos hacer, aun sabiendo que el retraso nos perjudicará. Esa contradicción es la clave: no se trata de no saber lo que conviene, sino de no conseguir hacerlo.
En un metaanálisis muy citado, Piers Steel reunió la investigación disponible y encontró que procrastinamos más cuando la tarea nos resulta desagradable o aburrida, cuando la recompensa está lejos en el tiempo y cuando tenemos más impulsividad y menos tendencia a la organización (Steel, 2007). Por eso los trabajos con fecha de entrega lejana y objetivos poco concretos son terreno abonado.
Sirois y Pychyl (2013) propusieron una idea que ha cambiado la forma de entender el problema: procrastinar es, sobre todo, una estrategia para reparar el estado de ánimo a corto plazo. La tarea nos genera ansiedad, aburrimiento, inseguridad o miedo a hacerlo mal; al aplazarla, ese malestar desaparece al instante. El precio llega después, en forma de estrés, culpa y menos tiempo.
Idea clave: la pregunta útil no es «¿por qué soy tan vago?», sino «¿qué emoción estoy evitando con esta tarea?».
Las intenciones de implementación concretan cuándo, dónde y cómo vas a actuar: «Si son las 10 de la mañana del martes, entonces me siento en la biblioteca y escribo la introducción». Un metaanálisis de casi cien estudios encontró que este tipo de planes tiene un efecto entre medio y grande sobre el logro de objetivos (Gollwitzer y Sheeran, 2006).
Cuanto más grande y difusa es la tarea, más malestar genera. «Hacer el trabajo» intimida; «leer y subrayar el primer artículo durante 25 minutos» es abordable. Empezar reduce la ansiedad más que pensar en empezar.
Puede parecer contraintuitivo, pero castigarse por haber procrastinado no ayuda. En un estudio con estudiantes universitarios, quienes se habían perdonado por haber aplazado el estudio de un primer examen procrastinaron menos al preparar el siguiente (Wohl, Pychyl y Bennett, 2010). La culpa intensa añade malestar a la tarea, y eso alimenta el ciclo.
Aleja el móvil, bloquea las aplicaciones que más te distraen mientras estudias y queda con alguien para estudiar a la vez. Modificar el contexto es más fiable que confiar en la fuerza de voluntad.
Idea clave: si la procrastinación es intensa, se acompaña de mucho malestar o afecta a tu rendimiento de forma importante, los servicios de atención psicológica de tu universidad pueden ayudarte.