Olvidamos deprisa al principio y luego más despacio, y podemos recordar con total seguridad cosas que nunca ocurrieron. Dos líneas de investigación clásicas que explican cómo estudiar mejor y por qué un testimonio no es una grabación.
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September 29, 20266 min de lectura
Releer y subrayar dan sensación de dominio, pero rinden poco. La investigación sobre memoria señala dos técnicas claramente superiores: ponerse a prueba y espaciar el repaso. Te explicamos por qué y cómo aplicarlas.
Leer artículoSolemos imaginar la memoria como un archivo: guardamos algo y, si no lo perdemos, lo recuperamos tal cual. Más de un siglo de investigación dice otra cosa. Recordar es reconstruir, y esa reconstrucción explica tanto por qué olvidamos lo estudiado como por qué podemos recordar con seguridad algo que nunca pasó.
A finales del siglo XIX, Hermann Ebbinghaus se tomó a sí mismo como sujeto de estudio. Memorizaba listas de sílabas sin sentido (como «DAX» o «BUP») para que el significado no le ayudara, y medía cuánto le costaba volver a aprenderlas tras distintos intervalos. Con este método del ahorro describió lo que hoy llamamos la curva del olvido: perdemos mucha información en las primeras horas y, después, el olvido se vuelve mucho más lento.
En 2015, Jaap Murre y Joeri Dros replicaron el experimento con el mismo procedimiento. Uno de ellos dedicó unas 70 horas a aprender y reaprender listas. La curva obtenida fue muy similar a la original, con un detalle interesante: un pequeño repunte del recuerdo a las 24 horas, que los autores relacionan con el papel del sueño en la consolidación (Murre y Dros, 2015).
Idea clave: si no repasas, gran parte de lo estudiado se pierde en poco tiempo. Por eso funciona repartir los repasos en varios días en lugar de concentrarlos.
Cada vez que recordamos, rellenamos huecos con lo que sabemos, esperamos o nos han contado. Esto suele ser útil, pero tiene un precio.
En un experimento clásico, Elizabeth Loftus y John Palmer mostraron a estudiantes vídeos de accidentes de coche. Después les preguntaban a qué velocidad iban los coches cuando «se estrellaron» o cuando «se tocaron». Bastaba cambiar el verbo para que las estimaciones de velocidad fueran más altas. Además, una semana más tarde, entre quienes habían oído «se estrellaron», más del doble afirmó haber visto cristales rotos, aunque en el vídeo no había ninguno (Loftus y Palmer, 1974).
Más adelante, Loftus y Pickrell (1995) mostraron que se puede llegar a implantar un recuerdo de un episodio entero. A los participantes se les presentaban varios recuerdos de su infancia aportados por sus familiares y uno inventado: haberse perdido en un centro comercial. Alrededor de una cuarta parte llegó a recordar, total o parcialmente, el episodio falso.
Idea clave: la seguridad con la que recordamos algo no garantiza que sea exacto.
Estos hallazgos tienen consecuencias muy serias en la psicología jurídica y en la clínica: