Dos de cada tres participantes llegaron a la descarga máxima. Es el dato que todos recuerdan. Pero las variantes del experimento, sus réplicas y su relectura actual cuentan una historia más rica sobre la obediencia.
Este artículo conecta con estas asignaturas. Allí tienes sus temas con resúmenes, tarjetas y cuestionarios.
2 de octubre de 20263 min de lectura
Durante décadas fue la prueba de que la situación convierte a personas normales en verdugos. Los archivos del experimento y nuevos estudios han obligado a revisar esa conclusión.
Leer artículoPocos experimentos aparecen en tantos manuales como el de Stanley Milgram. Se suele resumir en una frase: «la gente corriente es capaz de hacer daño si una autoridad se lo ordena». Es una conclusión importante, pero el experimento y lo que se ha investigado después ofrecen una imagen más matizada y, sobre todo, más útil.
A principios de los años sesenta, en la Universidad de Yale, Milgram reclutó a hombres adultos de profesiones variadas para un supuesto estudio sobre el aprendizaje. Cada participante hacía de «profesor» y debía administrar descargas eléctricas cada vez más intensas a un «alumno» (en realidad, un colaborador que no recibía ninguna descarga) cada vez que fallaba. El generador iba de 15 a 450 voltios, con etiquetas como «Peligro: descarga severa».
Cuando el participante dudaba, el experimentador respondía con frases estandarizadas, como «El experimento requiere que continúe».
En el estudio publicado en 1963, 26 de los 40 participantes (65 %) llegaron a la descarga máxima (Milgram, 1963). Muchos lo hicieron mostrando un gran malestar: sudaban, temblaban o reían nerviosamente.
Milgram no hizo un único experimento, sino una larga serie con cambios en la situación. Y la obediencia variaba mucho según esas condiciones:
Idea clave: el experimento no muestra que las personas obedezcan siempre, sino que la obediencia depende mucho de la situación: la cercanía de la víctima, la presencia de la autoridad y el comportamiento de los demás.
Por razones éticas, el experimento no puede repetirse tal cual. En 2009, Jerry Burger diseñó una réplica parcial: detenía el procedimiento en los 150 voltios, el punto en que el «alumno» pedía por primera vez salir, porque en el estudio original casi todos los que pasaban de ahí llegaban hasta el final. Además, seleccionó cuidadosamente a los participantes para excluir a quienes podían sufrir con la experiencia. La proporción dispuesta a continuar fue solo algo menor que la de Milgram, y la diferencia no fue significativa (Burger, 2009).
Haslam y Reicher (2012) proponen entender estos resultados de otra forma. Según su análisis, los participantes no obedecían ciegamente, sino porque se identificaban con el proyecto científico que representaba el experimentador: creían estar contribuyendo a algo valioso. En línea con esta idea, las órdenes más tajantes y autoritarias tendían a producir más rechazo que obediencia.
Esta lectura, conocida como «seguimiento comprometido», cambia la pregunta: no se trata solo de por qué obedecemos, sino de con quién y con qué causa nos identificamos.
El experimento también es un caso de estudio en ética de la investigación. Engañar a los participantes y someterlos a un estrés intenso contribuyó a que hoy existan comités de ética, el consentimiento informado y la obligación de explicar el engaño al terminar (debriefing). Es un tema que verás en asignaturas de metodología y deontología.
Idea clave: Milgram nos enseñó tanto sobre la conducta humana como sobre los límites de lo que se puede hacer para estudiarla.