Durante décadas fue la prueba de que la situación convierte a personas normales en verdugos. Los archivos del experimento y nuevos estudios han obligado a revisar esa conclusión.
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3 de octubre de 20263 min de lectura
Dos de cada tres participantes llegaron a la descarga máxima. Es el dato que todos recuerdan. Pero las variantes del experimento, sus réplicas y su relectura actual cuentan una historia más rica sobre la obediencia.
Leer artículoEn agosto de 1971, Philip Zimbardo y su equipo convirtieron el sótano del departamento de Psicología de la Universidad de Stanford en una prisión simulada. Veinticuatro estudiantes, asignados al azar, harían de guardias o de presos durante dos semanas. El experimento se detuvo a los seis días. Durante décadas, sus imágenes y su conclusión ilustraron los manuales: basta con poner a personas normales en un rol de poder para que se vuelvan crueles.
Hoy esa conclusión se enseña con muchas más cautelas. Entender por qué es una lección magnífica de pensamiento crítico.
Según el relato clásico, los guardias empezaron enseguida a humillar y a castigar a los presos, y varios presos sufrieron reacciones emocionales intensas. Los autores interpretaron que el comportamiento no se debía a la personalidad de los participantes, sino al poder de la situación y de los roles asignados (Haney, Banks y Zimbardo, 1973).
En 2019, Thibault Le Texier publicó un análisis de los materiales originales del experimento: grabaciones, notas y entrevistas. Sus conclusiones cuestionan el relato clásico (Le Texier, 2019):
Idea clave: un experimento no demuestra lo que creemos si los participantes reciben, directa o indirectamente, instrucciones sobre cómo comportarse.
En 2002, Alex Haslam y Stephen Reicher realizaron con la BBC un estudio de prisión con un diseño distinto y supervisión ética externa. Los guardias no adoptaron espontáneamente una conducta tiránica. Lo decisivo fue la identidad de grupo: los presos, que desarrollaron un fuerte sentido de equipo, acabaron desafiando a unos guardias que dudaban de su papel (Reicher y Haslam, 2006).
Su conclusión es que las personas no asumen roles de forma automática. La conducta depende de si se identifican con el grupo y de qué normas tiene ese grupo, lo que también ayuda a entender cómo el liderazgo puede promover el abuso.
Que el experimento tenga problemas no significa que la situación no importe. La psicología social ha mostrado de muchas formas que el contexto influye en la conducta. Pero el caso de Stanford nos recuerda tres cosas:
Idea clave: en el examen y en la consulta, busca siempre qué se midió, cómo y si otros estudios han llegado a lo mismo.